martes, 24 de julio de 2012

El dilema de ser un neurocientífico o un payaso asesino

No hay más que ver la fotografía del asesino múltiple de Denver, James Holmes, en su comparecencia ante el juez, para comprobar que el duelo que en su interior debió de producirse, ante el dilema de ser un neurocientífico o un payaso asesino, se resolvió con la victoria avasalladora de ese Joker que el director Chris Nolan y el difunto actor Heath Ledger se dieron tan funesta maña en representar ante los embobados espectadores.

No vamos a caer en la simpleza de cargar a Nolan, y menos al intérprete muerto, la responsabilidad sobre los 12 homicidios que cometió el neurocientífico pirado, ni siquiera por el hecho, bien significativo, de que los cometiera en el estreno de la tercera parte de ´El caballero oscuro´. Mas culpa se me ocurre que tiene esa enmienda constitucional que otorga en directo el permiso de portar armas a millones de norteamericanos, sin importar si tienen el cerebro en su sitio y en estado aceptable de funcionamiento, como se prescribe en los países civilizados, o si por el contrario lo tienen tan fundido como lo debe de tener Holmes.

Sin embargo, Nolan y Ledger, quizá inocentemente, contribuyeron a un resultado nefasto que deriva de los iconos que nuestra sociedad proyecta o deja de proyectar sobre las mentes de sus ciudadanos, ya por cierto bastante interpeladas (por una pléyade de medios de comunicación, redes sociales, publicidad, música ambiental, políticos que no paran de cotorrear, etcétera). Y es que, digámoslo con crudeza: el buen Holmes tenía, como neurocientífico, una probabilidad infinitesimal de hacerse famoso y obtener el reconocimiento entusiasta de sus conciudadanos. Tal ambrosía se reserva a los actores de Hollywood y las estrellas de la NBA o la MLB o la NFL, en Estados Unidos, y entre nosotros ya saben a quiénes, ahórrenme mencionarlos. En un mundo que prima la hiperexposición del yo sobre todas las cosas, un sucedáneo al alcance de Holmes, inspirado en esas fabulosas recreaciones cinematográficas (que se encarnan, para mayor persuasión, en uno de esos iconos positivos, cual es un actor), era convertirse en un asesino demente, múltiple y mediático.

Por eso es completamente coherente que se presente con el pelo teñido de rojo y con esa cara de tronado ante el tribunal. El tipo se está currando su personaje, ese que lo elevará a los altares de la fama, bien que en la sección de los canallas, y no en la que quizá, todo el mundo tiene su corazoncito, habría preferido que lo acogiera si hubiera tenido la posibilidad. La reflexión que todo esto nos suscita es si tenemos alguna medida a nuestro alcance para evitar que nuestros chalados narcisistas canalicen toda su energía hacia la destrucción de sus semejantes.

Bien está que el arte nos ofrezca malvados tan estilosos como el Joker de Nolan y Ledger, y mal iremos si pretendemos solucionar estas cosas con censuras morales a la creación. Pero tal vez deberíamos empezar a creernos, de verdad, que tan héroe como un actor guapo es un laborioso y competente neurocientífico. Así podremos disfrutar mejor de los malos de las películas, pero sobre todo, algún otro niño perdido en la oscuridad de su cerebro tendrá opciones mejores que presentarse ante el juez con el pelo naranja para responder de un puñado de muertes.

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